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OPINANDO

Decide el Consejo de Exministros

Hace unos años un político viejo de la Castilla profunda y vieja me contó que las únicas decisiones de las que no se arrepentía eran las que tomó cuando ya había perdido las elecciones: “Fue la única vez en veinte años que hice lo que me salió de los cojones”. El señor serio que no desentonaba ni al toser, hombre comedido que no maldecía ni en el fútbol al que iba cada domingo, se soltaba el primer y último “cojones” que le oí. Murió hace ya dos años, pero cuando me habló del final de su carrera aún era un abuelo lúcido de tono amable y mirada firme. Jubilado ya, “aunque con copa, cocido y misa semanal”, contaba las batallitas siempre riendo. Salvo su última batalla. La que le salió de los cojones. La que le pintaba en la voz las ojeras del cargo pasado. La decisión que brotó del despecho. De la derrota inesperada. De la rabia. “Los políticos somos esclavos. Te arrean y te arrean para que hagas lo que te piden. Y te arrean más cuando lo haces”, se justificaba entonces, antes de rectificarse a sí mismo y mostrarse confundido, contradictorio por una sola vez en su carrera de recio político de derechas: “Chico, nunca te fíes de nosotros cuando perdemos”.

Los artistas de la ceja apoyaban a ZP: eran otro tiempos. Hoy lloran la ley sinde.

Me lo tomé a pecho y procuro no fiarme de los políticos ni cuando ganan. Cuando pierden desconfío hasta del saludo. Sé que no hay perro más rabioso que el hambriento, ni enemigo más despiadado que el derrotado. Es simple: el que nada tiene que ganar, nada tiene que perder. Y ZP y su gobernante exgobierno ya no tienen nada que ganar porque todo lo han perdido. Las elecciones y seis millones de votantes, sí, pero sobre todo se han perdido a sí mismos. Se perdieron hace tiempo. Cuatro años recorriendo el camino más oscuro dan para mucho. Puedes pararte y encender la luz o caminar a ciegas y tropezar. ZP escogió lo segundo. Podría haber iluminado su cambio de rumbo con unas elecciones en las que refrendar su nuevo programa, pero no lo hizo. Siguió adelante a tientas, sin mirar siquiera si alguien le seguía. Luego se arañó en todas las zarzas. No dejó charco sin pisar. Y a base de castañas y remojones perdió su programa, mi futura pensión, el trabajo de millones de familias, el salario de millones de funcionarios y, sobre todo, el orgullo de aplicar las ideas en las que crees. Perdió a  la vez a los artistas de la ceja que cantaron para su reelección y al mundo libre de internet que le afeó su traición digital. Espantó a trabajadores y empresarios. A parados y estudiantes. Caminó solo, pero cayó con todos los suyos.

Y así llegamos al día 21. El siguiente a la debacle socialista. El día después de que el PP arrasase casi con los mismos votos con los que perdió hace cuatro años. La mañana en la que a ZP le encendieron la luz y le enseñaron la puerta. Cuando al próximo expresidente le cayeron cien años encima para seguir la senda de aquel político viejo de Castilla la vieja. Derrotado y despechado. Impredecible cual amante traicionado. Incontrolable como quien no tiene nada que ganar. Ni que perder. Peligroso. Apuñalando al aire y cortando carne. Regalando cornadas y favores. Jugando con el poco poder que le queda a quien no supo ejercerlo. Ajustando cuentas. Y pagándoselas en el penúltimo Consejo de Exministros al amigo banquero y delincuente. Indulto con tufo a deuda, explicado sin explicación por el pronto exministro, exportavoz y quizá imputado Pepiño Blanco, que ya ha empezado a correr delante de la justicia. Aunque se va repartiendo: en sus estertores de ministro zombi con plaza en Fomento anuncia su retirada como si la hubiera decido él, mientras privatiza AENA a marchas forzadas para dejar sus torres de control en manos de una empresa que no existía cuando empezó a cocinarse la tarta. Pagando cuentas, antes del penúltimo Consejo de Exministros, el de hoy, el que se reservaba para los ajustes de cuentas. El previsto para la puñalada a los emprendedores digitales del #nolesvotes, esos que tanto agitaron los inicios de un #15M que ZP ha pagado en las urnas. El consejo de exministros del guiño seductor a los descarriados de la ceja. El del reglamento de la Ley Sinde, el texto legal en el que se podría haber consagrado la presunción de culpabilidad como principio democrático. Pero no. Zapatero, despechado y herido, derrotado, supo evitar el error que tantos políticos cometieron en su despedida: hacer lo que les sale de los cojones y dejarlo como legado. Aunque aún la queda un consejo para darse a la venganza, en su penúltimo día, Zapatero volvió a ser Zapatero.

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Acerca de albertomagro

Hago el perro perrodismo en un mundo perro al que le sobran letras y le faltan ideas. Yo junto lo que sobra, por si acaso.

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