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OPINANDO, SonRISAS

El Rey tiene un tomate

Los tomates del Banco Mundial

Paul Wolfowitz, el millonario expresidente del Banco Mundial que no tiene para calcetines

Mi amigo Tiá es un tío grande y bonachón, de esos que sonríen ancho y caen bien a primera vista. Él lo sabe y se siente seguro, supongo. Por eso le cuesta poco contarte intimidades chorras de esas que a casi todos nos sonrojan hasta la ocultación vergonzante. El otro día soltó una que solo podía ser cierta: tengo un tomate en mis calcetines nuevos de Pedro del Hierro. Así, un tomate. El agujero pequeño que te amarga la mañana si lo detectas a tiempo. Es decir, si lo detectas, que a tiempo nunca estás. No conozco a nadie (mis amigos son muy dejados) que tire los calcetines a la basura en cuanto les encuentra un tomate. Lo normal no es eso. Ni que lo zurzas, un verbo que me cuesta escribir, no digo ya usar. Lo normal es que hagas como que no te has visto el tomate y te lo calces igual. Está debajo del zapato, salvo que seas un turista alemán, ¿quién se va a dar cuenta? Pues eso, que si no piensas visitar una mezquita como aquel patán que llegó a presidir el Banco Mundial con un tomate en el pie derecho y un agujero neuronal del tamaño de una oreja de elefante en el hemisferio cerebral izquierdo, te pones el tomate y el calcetín que lo acompaña y arreas.

Y como con el tomate, con otras cosas. Con los calzoncillos también pasa. Sé que a las mujeres les da grimilla el gusto masculino por apurar los gallumbos favoritos hasta el último jirón, pero la realidad dice que lo hacemos hasta que nos echamos novia, madre, esposa o todo a la vez. Es lo mismo que con el tomate del dedo gordo: no se ve, y muy pocos hombres creemos realmente en la peli porno como hipótesis vital. A mí eso de que la panadera me invite a la trastienda a amasar, pues no me ha pasado, aunque con una copa de más pueda llegar a jurar lo contrario. Ni se me ha tirado encima ninguna compañera de trabajo en el ascensor, hecho no relacionado necesariamente con los jirones de mis gallumbos, sino con mi escaso sex apeal y con el hecho significante de que casi todas las redacciones en las que he trabajado estaban en un bajo o en un primero sin ascensor. Así que sí: mis gallumbos han llegado a dar mucha pena, pero ¿quién se enteró? Siendo generoso con mi triste memoria sexual, muy pocas.

El Rey Don

Toda esta chorrada viene a cuento del tomate del Rey, ese señor tan simpático conocido en todas las provincias del país porque su plato favorito es siempre la delicia típica del lugar, sea cual sea la delicia y sea cual sea el lugar. Por eso y por los discursos, por aquello del orgullo y la satisfacción que tanto le llenan. O por aquel autoconmiserativo “la reina y yo”, que todos traducimos como “la reina y ella”. Pues eso, Juan Carlos de Borbón, para casi todos Don, hombre de negocios de habilidad intachable y sabiamente escondida al gran público, que vive ajeno a que él y la reina, o la reina y ella, reciben regalos que harían encarcelar mil veces por cohecho a cualquier Camps. Que si un barco de lujo exigido a hoteleros mallorquines como regalo por aquí, que si un coche por allá, que si aquel cuadro de subasta de a millón en la casa nueva. Por no hablar de la impecable y estratégica política de nombramientos inducidos o forzados: un coleguilla de la infancia en aquella eléctrica tan rica, otro amiguete vendiendo teléfonos y minutos de conversación por millones en la empresa nacional privatizada, el hijo de patatín a los mandos del tabaco y el hermano de patatán, que fue a la academia con el niño, pilotando el mayor negocio de aviación… Son los secretillos del Rey, sus tomates, de los que se supone más de lo que se sabe, y se sabe infinitamente más de lo que los medios de comunicación se atreven a contar. Son tomates ocultos por una amante interesadamente cómplice e indulgente, sí, pero tomates. Agujeros en la perfecta etiqueta que dice que está muy feo aprovecharte de un cargo en una democracia para forrarte. Pero ahí están. Y hasta ahora no pasaba nada.

Bush hijo y su amigo el Rey, jugando a las carreras: ese día faltó Ansar.

Hasta ahora, que esto es lo que no sabía el bueno de Tiá ni, probablemente, el Rey Don: los tomates son invisibles hasta que te encuentran uno. Desde ese momento, estás marcado: eres el rey de los tomates. Le pasó a aquel tonto la higa del Banco Mundial del que hablábamos, que sigue igual de forrado que entonces gracias a su amigo Bush padre y su criado Bush hijo, pero aún así cada vez que le veo solo me fijo en el tomate de su pie. No veo el agujero ni la uña mal cortada que lo provoca, pero sé que están ahí, bajo el zapato de marca. Con Tiá no me pasa, porque lo contó él y no le pispé personalmente el roto en sus Pedro del Hierro recién comprados, pero Juan Carlos I es cosecha distinta: al Rey Don el tomate se le encontró, lo vimos todos. No lo enseñó él, por mucho que ahora haya quien quiera contarnos esa película, con la idea de que suframos el efecto Tiá y no veamos el roto voluntariamente exhibido, ese agujero en la honorabilidad y la etiqueta de casi dos metros de alto y más espalda que vergüenza llamado Iñaki Urdangarin, duque de mi ciudad, Palma, para más señas. Y su duquesa, claro, la infanta que hoy sabemos que multiplicó por 380 los 1.500 euros invertidos en una de las sociedades pantalla de su marido. ¡Por 380! Casi nada: 571.000 euros de beneficio con 1.500 de inversión: ni el mago de las finanzas Warren Buffet , ni los mismísimos Onassis y Rockefeller redivivos harían tamaño milagro. También hoy sabemos que su Presuntísima Bajeza Real y su adosada infanta, o viceversa, hicieron gala de patriotismo tratando de ocultarle a Hacienda todo lo ganado. Y eso sí que es un tomate de altura, de los que no se tapan fundiendo estatuas en el museo de cera o soflamando ética por pura estética en cada discurso navideño o militar que se cruce en la agenda.No. No cuela. Si el Rey quiere que dejemos de ver el tomate va a tener que desnudarse entero. Mostrar lo que tenía cuando llegó al trono solo con deudas y detallar lo que tiene hoy. Explicar cómo gasta cada uno de los 8.434.280 euros que recibe del Estado para disponer como guste. Enseñar la piel y quitarse el calcetín roto que amenaza con pudrirle el zapato. No tiene más. O despelota su fortuna o se arriesga a ser el último Borbón que reina, por mucho que sonría tan ancho como Tiá y le encante el plato típico de mi tierra, sea el que fuere.

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Acerca de albertomagro

Hago el perro perrodismo en un mundo perro al que le sobran letras y le faltan ideas. Yo junto lo que sobra, por si acaso.

Comentarios

2 comentarios en “El Rey tiene un tomate

  1. Pero querido…
    otra vez con El-Rey a vueltas?
    No ves que esto lo pueden leer en Zarzuela?
    Desde luego, o estás loco o algo está cambiando… o no?
    Por cierto, no recuerdas el video de Wolfowitz chupando el peine? http://www.youtube.com/watch?v=3bnpTK5mgZQ
    A ver si va a ser que aquí también terminamos escupiéndonos a nosotros mismos…

    Publicado por Pomp | enero 17, 2012, 2:31 pm
  2. jajajajaja. Qué barbaro. No recordaba este vídeo. Y sobre el rey, en fin, querido pomp, si vieras lo que he escrito en la última semana sobre Iñakinavaja… te lo mandaré!

    Publicado por albertomagro | enero 19, 2012, 6:19 pm

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