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Literateces, Reporcafres

A todo rey le llega su Urdangarin

En elsitiodetico.blogspot.com han captado la esencia del duque.

Cuesta encontrar monarquía que escape a los escándalos que implican a familiares del jefe de Estado. La catarata de casos deja una conclusión: todos se libran de acabar entre rejas. De hecho, pocos llegan a ver siquiera al juez.

En este mundo bipolar desprovisto de grises, lo simple es cómodo. Así que lo trillado funciona. Reducir es triunfar allí donde manda esa brocha gorda que traza los tópicos. Aunque al final no hay tópico que se tenga en pie. Tampoco en cuestión de reyes y delitos. Que urdangarines hay más de uno. Ni la república inmuniza, ni la sangre plebeya contamina la azul, ni la azul está libre de indecencia probada o presunta. A todo rey le llega su Urdangarin. Y a toda república, claro. Lo demuestran tanto la actualidad más reciente y como la historia más añeja.

Así que desmontando, que es gerundio. El primer cliché que se desploma es el mismo que parieron las mentes más rancias cuando el príncipe Felipe osó desposar a la plebeya Letizia Ortiz. Entonces dijeron aquello de que casarse fuera de la nobleza genera problemas, una suerte de mal de altura que lleva a meter la pata a quien no está acostumbrado a portar corona desde que le calzaron los patucos. Urdangarin y sus problemas con la Justicia ratificarían esa teoría. Aunque seguiría siendo falsa: sobran casos en los que la sangre azul se basta sola para cometer los desvaríos más estúpidos y los delitos más intolerables. Ahí tienen el ejemplo del ya fallecido príncipe consorte Bernardo de Holanda, marido de la reina Juliana y padre de la actual monarca de los Países Bajos, Beatriz I. El noble Bernardo tuvo la idea de mandarle una carta a una empresa aeronáutica americana, Lockheed, para pedir una comisión de un millón de dólares por haber conseguido que la Fuerza Aérea holandesa les comprase doce cazas. Quería su mordida, vaya. Y le pillaron, claro. Habría sido procesado si no hubiese mediado la intervención de su mujer, la reina, que amenazó con abdicar si no se hacía la vista gorda. Así que no hubo juicio aunque tras la muerte del poco avispado Bernardo se hizo pública una declaración en la que confesaba que se llevaba el oprobio al otro barrio: “He aceptado que la palabra Lockheed sea escrita en mi tumba”.

Hubo más bernardos. Muchos más. Que abundan los nobles sin gota de sangre plebeya que cometieron soberanas pifias de Estado. Como el príncipe Laurent, hijo del rey Alberto II de Bélgica, que aún hoy no tiene permiso para entrar en el palacio de su padre después de haber intentado colar 15.000 euros de una obra en su casa a cargo de la Armada real. Al hijo del rey, duodécimo en la línea de sucesión, le parecían pocos los 300.000 euros de asignación pública anual, así que su regio padre tuvo que pedir públicas disculpas ante la nación. Y por la tele. ¿Les suena? Los jueces, a cambio, hicieron la vista gorda, algo que se estila mucho en estos casos.

El Príncipe Harry la lió con su gamberrada. Eso sí, robar no robo.

Tampoco están para presumir los hijos de la Gran Bretaña, a los que se les acumulan los exabruptos reales. Está feo que uno de los hijos de Lady Di, el príncipe Harry, acudiese vestido de nazi a una fiesta de disfraces, gamberrada de mal gusto en un país con veteranos vivos de la Segunda Guerra Mundial, pero gamberrada a la postre. Nada que ver con el gesto de uno de sus tíos, hijo de la reina Isabel II: el príncipe Andrés, una joya en esa corona que intentó construir un campo de golf en los terrenos del Palacio de Windsor. No coló, pero provocó una reacción popular de calado, que obligó a la reina a mover pieza y enseñar sus cuentas. Transparencia forzosa. ¿Les suena? Aunque para Isabel II el menor problema fue Andrés. A la nuera real Sophie Rhys-Jones, condesa de Wessex y esposa del príncipe Eduardo, la cogieron usando sus títulos para captar clientes para su empresa. Y otro tanto de lo mismo pasó con la duquesa de York, más conocida como Sarah Ferguson, la ex del príncipe Andrés: además de ser cogida en renuncios sexuales que pusieron sus pechos desnudos en las revistas de todo el mundo, la cazaron usando su cargo para abrir puertas a millonarios sospechosos. ¡Ay, los hijos políticos!, lamentará también Isabel II.

FRANCO Y EL JUEZ MARIANO RAJOY

Los hermanísimos son sospechosos de muertes, robos y estafas. Nunca se les juzgó, claro.

Pasa en las mejores familias. Y en las peores. Que esto con Franco no se contaba. Aunque pasar, pasaba. De hecho para encontrar un caso similar al del yernísimo en la historia de España hay que revolver en las vergüenzas del hermanísimo, el primero de los ísimos que rodearon a Franco, el Generalísimo. Se llamaba Nicolás Franco, y era hermano de Francisco, el Caudillo que crió al Rey. Pues bien, Nicolás estuvo a un tris de convertirse en el primer Urdangarin de la historia española. Pero con el hermano del dictador fallaron todos los ingredientes extra que hacen del caso del duque de Palma poco menos que un imposible difícil de repetir. Para ello hacen falta policías atrevidos que tiren del hilo, fiscales aguerridos, y un juez de una pieza, como José Castro, valiente hasta el miedo ajeno.

Nada de eso se dio con el hermanísimo. Ni policías atrevidos, ni fiscales aguerridos, ni un juez de una pieza. Durante el Franquismo los jueces, si podían ser valientes, no lo eran. O no solían. Y el juez de este caso no se la jugó ni un poco. Prefirió dejarlo correr. Seguro que les suena: se llamaba Mariano Rajoy Sobredo, presidente de la Audiencia de Pontevedra en 1972 y padre del presidente del actual Gobierno, Mariano Rajoy Brey. Y por ahí, por la vista gorda de Rajoy, se fugó el hermanísimo, implicado en el “caso de los aceites de Redondela”, un robo con estafa que “hizo tambalear al ya cada vez más débil régimen franquista”, según César Alcalá, autor del libro Secretos y mentiras de los Franco.

El escándalo empezó en un muelle cercano a Vigo, donde una agencia del Estado guardaba su aceite de oliva en depósitos propiedad de la empresa aceitera Reace. Por allí se pasó el director general de Reace, José María Romero, que comprobó que no había ni gota de aceite: faltaban cuatro millones de kilos. 167 millones de pesetas de entonces. Era solo la punta del hilo. Un par de timidísimos tirones policiales desmadejaron el embrollo: Reace, de la que era socio y dirigente Nicolás Franco, tenía una contabilidad en B, con la que se hurtaron a las arcas públicas 12 millones de euros de hoy. La trama adolecía de toda sofisticación: trincaban el aceite ajeno y lo embotellaban como propio.

El presidente Mariano Rajoy junto a su padre, el juez Mariano Rajoy, el mismo que hizo la vista gorda con el hermanísimo. "Déjalo correr" es divisa familiar.

El director Romero moría con su mujer y su hija a los pocos meses en extrañas circunstancias. Y no fue el único. Cayeron unos cuantos posibles testigos. Como Isidro Suárez, presidente de la compañía del hermanísimo, que tras ser detenido apareció muerto en las duchas de la cárcel. La misma suerte corrió Antonio Alfajeme, un empresario conservero de una compañía aún hoy pujante de Vigo que compraba el aceite. Murió antes del juicio, como un colaborador suyo. Y como el representante de los acreedores de Reace. Mientras tanto el hermanísimo vivía alejado de las pesquisas, tras ser nombrado embajador en Portugal, que lo de alejarse del lugar del supuesto delito tampoco es nuevo.¿Hubo juicio? Lo hubo, pero el juez Mariano Rajoy optó finalmente por no citar siquiera al hermanísimo, que se parapetó tras un argumento que suena a broma, pero se presentó en serio: alegó una repentina amnesia, que certificó su médico. No se acordaba de lo ocurrido. Así que se fue de rositas mientras se culpaba de lo ocurrido a los muertos, cuya desgracia no llegó a investigarse. Por si acaso.

Máxima será reina de Holanda. Ella no tiene culpa de que su padre fuera un torturador en Argentina. Aunque sí de haber evadido dinero a paraísos fiscales.

Así que sin reyes también hay lío. De vuelta a los plebeyos metidos a realeza está el también vergonzante caso de la mediática Máxima Zorreguieta, argentina hija de un torturador de la dictadura que se convirtió en la esposa del príncipe Guillermo de Holanda, heredero y nieto de aquel Bernardo con Lockheed en la lápida. Pues bien, la elegante y futura reina Máxima tuvo otra idea de esas que acaban con el rey pidiendo perdón en la tele sin orgullo ni satisfacción: invirtió en el resort turístico de un experto delincuente fiscal en la península de Machangulo, en Mozambique. Y la pillaron, cómo no, así que dio marcha atrás y aquí paz y después gloria. Que para la justicia solo los plebeyos son iguales. Que hay imputados e imputados.

No ocurre lo mismo en las repúblicas, que no se libran del oprobio, pero sí castigan a sus corruptos. Ahí tienen al perseguido Berlusconi, el de las orgías con sus velinas y la corrupción rampante. O a Chirac, expresidente francés ante la Justicia. O al mismísimo Clinton, el presidente de los puros del despacho oval ,expulsado del poder por la excepcional y contundente vía del impeachment (una especie de moción de censura). O al ya expresidente de Alemania Christian Wulff, que dimitió la semana pasada asediado por las acusaciones de corrupción que contra el pesan. Que esa es la gran ventaja de las repúblicas sobre las monarquías: los ciudadanos disponen de su voto para darle la patada al corrupto cuando los jueces no actúan, como suele ser el caso. Tanto es así que de todos los ejemplos servidos ni uno solo acabó el caradura entre rejas. Un aviso de primera a quienes dan por enchironado a Urdangarin. Que los tópicos suelen no cumplirse, pero la historia no para de repetirse.

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Acerca de albertomagro

Hago el perro perrodismo en un mundo perro al que le sobran letras y le faltan ideas. Yo junto lo que sobra, por si acaso.

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