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SonRISAS

Las rebajas que predijeron los mayas

Yo no he visto morir una estrella en el cielo de Orión, pero he visto quebrar a una abuela por el espinazo para alcanzar una blusa con ribetes perlados que no saciaría ni el gusto enfermo de Camilla Parker-Bowles ni el de su alter ego cantante, Camilo Sexto. Y eso convalida la muerte de una estrella en el cielo de Orión o el estallido de un planeta en Ganímedes. El fin del mundo que predijeron los mayas es una fiesta infantil de color pastel al lado de la marabunta destructiva que desgarra prendas y hasta esfínteres por el placer de calzarse un zapato destallado y desparejado que nadie quiso hasta hoy. El milenarismo iba a llegar y llegó, dejadme hablar: estamos en rebajas, giro cósmico (y cómico) anual más desesperanzador que cualquier fin del mundo predicho en una cueva o ante un altar petado de cálices de vino y restos de sobrasada.

Mel Gibson, suelto por las rebajas.

Cada vez que observo desde la orilla la furia incendiaria que se desencadena el día en que los trapos cuestan menos aunque valgan lo mismo caigo en la cuenta de que otra mente enferma, la de Mel Gibson, imaginó los guiones sádicos de Braveheart, Apocalypto y La Pasión de Cristo mientras esquivaba bolsazos y rejonazos en una mañana de rebajas.

La violencia cerril del hombre solo es superable una vez al año por la de la mujer. En serio. Una madre protege a sus hijos con su vida, salvo si hay rebajas: en ese momento suelta el carrito en medio de un enjambre de mantis no religiosas para hacerse a dentelladas con una falda que no le valdría ni aunque estuviese embarazada de un bebé de doce años. Lo he visto. Y aquí, no en el cielo de Orión ni en la riviera maya o la isla de las cabezas cortadas.

Una horda de mayas de la orden de los Uruk-hai ataca un centro comercial.

Las rebajas no se producen en la ropa sino en la catadura moral de quien la viste. El empalagoso espíritu navideño muere en la mañana de rebajas, capaces de acabar de golpe con ese sonrisismo memo que dejan las victorias de la Selección. Algo bueno tenían que tener. Una hora de saldos en El Corte Inglés contiene más picardías que todo el Lazarillo de Tormes. Y no lo digo por la ropa interior golosa y lujuriosa que se puede llegar a robar en medio de la locura, que también, sino por la avispada inteligencia rapaz de la cazadora de gangas. Aunque hay clases. Con clase y sin clase. Está la experta arremangada: va al escenario del crimen con falda, de modo que no necesita pasar por la cola interminable del probador para enfundarse cualquier prenda sin desabotonar la que lleva ni enseñar las bragas (todo un detalle en algunos casos). También es fácil ver en acción a la escogedora-escondedora, leona fría y previsora que una tarde antes del desembarco del Día R ha camuflado, cual bomba agazapada entra prendas anodinas, el vestido ruborizante que anhela sin rubor. Luego están las tramperas más rústicas, las que llegan tarde pero le echan jeta y decisión armadas de un “perdona, bonita, pero yo lo había visto antes”.

Un espécimen de la clase “acumuladora insaciable”, en acción.

Y no podemos olvidar a la acumuladora insaciable, bicho de sonrisa nerviosa y cuello periscópico que coge y coge sin parpadear mientras repite como un tic, temblor de labio incluido: “Ya lo cambiaré mañana, ya lo cambiaré mañana”. O el espécimen más típico en la mañana del fin del mundo, la rebajera envidiosa, ser ladino solo en rebajas que, a falta de gusto propio, observa a las demás mirar y escoger prendas, hasta que localiza algo que queda bien en el cuerpo de otra y espera a que lo suelte un solo instante para lanzar la mano. Cuando eso ocurre, ya no hay nada que hacer, salvo convocar un duelo al sol o desenfundar la maldita.

-Perdona, pero es que ese es mi abrigo, y lo he posado ahí porque me iba a probar una…

-Ya, pero ahora lo tengo yo.

-¡Pero que es mío, que lo traigo de casa!

-Ya, pero ahora lo tengo yo.

Duelo al sol.

Lo siguiente es un desenvainar de uñas afiladas que no imaginaría ni el candoroso Mel Gibson. Así que ya sabes: nunca sueltes la presa en rebajas, a riesgo de perder un mechón o una oreja en el rifirrafe posterior o ver escapar a una estrella del cielo de Orión. Y nunca lleves a tu novio de rebajas, salvo que estés muy segura de su amor y le pongas una cadena de acero de triple capa.  Tampoco lleves a tu madre, a no ser que estés muy segura de tu amor y te sientas preparada para ver aparecer a Gollum ante tus ojos. Y nunca, nunca, jamás, por nada del mundo, never, niet, ni de coña, reconozcas o saludes a ninguna conocida en rebajas: seguro que es una trampa. Así perdí yo esta mañana una chaqueta de punto con motivos renales (con renos, me refiero) que me iba a caer divina. Es broma: lo único que perdí en esta mañana de rebajas es mi última esperanza: que la mujer rescatará este mundo enfermo de las garras torpes y estúpidas de los hombres. Eso no ocurrirá. Las rebajas convierten a las rebajeras en una caricatura de su tópico y reintegran a las mujeres en la bajeza natural al resto de la especie humana. El milenarismo ha llegado. Zara nos lo vende como nuevo con taras del pasado. Y cuesta un 60% menos. Como para no cogerlo. Si no nos vale, ya lo cambiaremos luego.

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Acerca de albertomagro

Hago el perro perrodismo en un mundo perro al que le sobran letras y le faltan ideas. Yo junto lo que sobra, por si acaso.

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