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OPINANDO, Reporcafres

El Rey crea la Fiscalía Anticorrupción de Plebeyos

La política es el arte de mirar donde pones los pies. Por eso hay en ella más malabaristas que intelectos. No debía de saberlo Pedro Horrach, hábil sabueso en las cloacas del sistema, pero torpe elefante en el alambre de ese circo político en el que nada es nunca lo que parece. Por eso el fiscal anticorrupción que durante cinco años se ha encargado de desmadejar al PP y desarbolar a la mismísima Corona con urdangarines, Matas, testaferros y corinnas, ha pisado en falso cuando menos falta hacía, cometiendo por primera vez el error que nunca antes se planteó: romper filas con el juez Castro y recurrir una de sus imputaciones. El fiscal antes valiente y fajador no ha aceptado privilegios de sangre y grey hasta la ocasión más inoportuna y reveladora, justo cuando el juez invoca la igualdad de los ciudadanos ante la justicia para imputar a la infanta.

Que ya estaba imputada, aunque Horrach no se haya querido enterar. Indicios sobraban. Se encargó de rebozarla en el lodazal Diego Torres el 17 de febrero, durante una declaración en la que el socio del duque balonmanista con cuenta en Luxemburgo y Suiza aportó frases para la historia del desmoronamiento Borbón. También entregó el profesor de contabilidad y desfalco pruebas documentales de la implicación de la infanta en la red de Nóos, apuntalando de paso las evidencias que ya antes dejaban pocas dudas sobre la participación de la pequeña Borbona en el reparto de botín público que permitió a Cristina ser Doña y princesa en su millonario palacete de Pedralbes. Ese 17 de febrero el juez Castro concluyó lo que era obvio para todos menos para el Fiscal Anticorrupción: era preciso imputar a la hija predilecta del Rey de España y de parte de un banco en Suiza.

La razón era y es simple: inocente o culpable, tonta necesaria o cómplice corrupta, la única forma de que la hija del rey pudiera defenderse de las acusaciones vertidas sobre ella por Torres era citarla como imputada. No hacerlo era condenarla a indefensión, una infanta desnuda hija de un rey en pleno proceso de strip tease: si el juez Castro la llamaba como testigo, la infanta no tenía acceso a garantías procesales tan relevantes como la posibilidad de negarse a responder o incluso de mentir en su favor; si no la citaba ni la imputaba, la dejaba para siempre ante los libros de historia como la privilegiada a la que solo su sangre y la sombra de su padre libraron de ser condenada por sus felonías.

Pero el fiscal no quiso ver lo que el juez leyó a la perfección, y hoy mismo Horrach confirmará su bisoñéz de analista inexperto y político que no sabe donde tiene los pies con un recurso que solo busca evitarle descrédito a la Corona y ahorrarle a la infanta el mal trago de sentarse ante un juez que ya sabe, como Horrach, que carece de pruebas suficientes para llevar a la hija del rey a juicio con posibilidad de condenarla. Para ello la maniobra de Horrach, pasa por un itinerario de razonamiento tan infantil e inocente que jamás pasaría por la mente de un político auténtico: el juez imputa a la infanta, el fiscal recurre la imputación ante la Audiencia Provincial, y allí se acaba la imputación de Cristina de Borbón y el descrédito para la corona.

Pero no es tan simple. La política nunca lo es para quien no sabe donde pone los pies, como pronto descubrirá Horrach, condenado a lograr un efecto contrario a la protección de la imagen de la Corona que perseguía. La infanta no pisará los juzgados gracias al recurso del fiscal y la descontada aquiescencia de la casi siempre rancia y muy monárquica Audiencia Provincial, pero la maniobra dinamitará en una sola apelación cinco años de independencia fiscal en la lucha contra la corrupción, dejando patente de paso que en España la herencia de sangre es aún más fuerte que la igualdad ante la Justicia. Los privilegios pesan, al menos en la Fiscalía Anticorrupción de Plebeyos, rápidamente aplaudida ayer por la Casa del Rey desaparecido:  tampoco en Zarzuela supieron ver que ovacionar al fiscal era nombrarlo abogado de –Corinna nos perdone– la niña de los ojos de Juan Carlos I. Solo un Borbón con demasiados siglos de estirpe en su patrimonio o un súbdito cegado por el brillo de la Corona del Rey cazador son capaces de cometer la estupidez de combatir la igualdad ante la ley disparando contra ella con privilegios divinos. Y no están ya la cadera del rey ni la estabilidad de la Corona como para sobrevivir a patinazos tan republicanos como convertir a una acusación hasta hoy ejemplar en Fiscalía Anticorrupción de Plebeyos. 

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Acerca de albertomagro

Hago el perro perrodismo en un mundo perro al que le sobran letras y le faltan ideas. Yo junto lo que sobra, por si acaso.

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